No puedes llamarte dolor.

Algunas veces recuerdo claramente esos días en los que me escondía en el baño a llorar, todo estaba mal en mí, no tenía el control, las lagrimas podían controlar mi cuerpo por horas si deseaban. Habian días en los que el sol no parecia ser suficiente para despertarme, parecía tan solo una oscuridad, lejana, distante. Mi cuerpo no era mío, el dolor me controlaba de formas que aún es dificil entender.
Los cuentos de hadas cuyo final feliz acechaba en la esquina debieron recorrer manzanas lejos de mi puerta. Y de repente ahí estaba, se volvió una droga para mí, tan dañino que la adrenalina en mi cuerpo se alteraba, mis riñones se estremecían, mi corazón palpitaba al saber que se acercaba la hora, estar juntos era el deseo de cada noche, la emoción de cada mañana.
Era como sentir que algo no encajaba, que algo faltaba y de repente tenerlo por ratos, sentir su influencia en mí, sentirme libre, sentir que el dolor podía irse por horas y olvidaba que regresaría, sin embargo siempre lo hacía, el dolor regresa cuando se marchaba, siempre, no importa que el efecto placebo me detuviera por horas, lo necesitaba tanto que lo olvidaba, no quería seguir así, no quería dolor pero tampoco quería dejarle ir.
Hasta que no tuve opción, se fue. Un día, sin ádios y sin excusas, y sin mí. Se fue como si cada día se hubiese eliminado, sin embargo yo no lo hice, no me fui a ningún lado esperando que volviera, lo cual no hizo. Fue admirable en verdad, porque hay algo peor que un ádios, y es un ádios dicho por un cobarde que no puede decidir que es lo que quiere en la vida. Yo sabía lo que quería, y no lo obtuve. El dolor se fue poco a poco, no tan rápido como hubiese deseado pero aprendí una cosa o dos, aprendí que la sensación era increíble pero tan pasajera que se volvía nefasta, aprendí que necesidad es necesidad y nada más, no hay que buscarle algo a lo que no hay.
El dolor, entenderlo, fue tentador. Te tienta a probar, a dejarte ir, pero es dolor. Se va, se fue, y un día cuando te das cuenta, el vivir sin él es tan alentador que olvidas, olvidas que alguna vez llorar valio la pena.

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