Hace no muchos años me preguntaba como sería mi vida si la conpartiese con ese alguien especial, ese alguien que me haría sentir mejor sin sentirme mal, o que me haría sentir una princesa sin siquiera decir una palabra. Solía creer que esas cosas eran «demasiado pedir» o que simplemente ya no sucedían, solía escuchar de todos el clásico «las relaciones ya no son lo de antes» y puede ser que algún tiempo llegué a creerlo.
Pero como muchas de las cosas que llegué a creer en su tiempo como por ejemplo que alguien es tu amigo porque convenientemente cuando tienes carro no le es importante pero si se descompone te abandona, aprendí con las caídas y con personas que desearía haber sabido mejor como sería todo, que todo lo que alguien pueda decir o advertir es depende de lo que ha vivido, o de a quien a conocido.
Yo conocí a alguien que alguna vez creí era mi tal para cual, pero no lo fue, claramente no lo fue pues años despues él sigue disculpandose por su error y yo sigo firme de que merecía algo mejor.
Aún así creí que el amor existía aunque no fuese lo que esperase. Y vaya que lo hace. Lo conocí un otoño años antes y sigue llenando mi vida con risaa estridentes y bromas que sigo sin entender. Llego a mi vida pareciendo un amor casual y se volvió el amor que deseamos sea infinito, porque, no hay nada mejor que compartir la idea de un siempre juntos y vivirlo cada día.
Encontré ese día casual sin buscarlo un compañero de vida, un amor de verano que vive cada temporada, un mejor amigo y un gran cocinero que son uno solo, lo encontré sin saber quien era ni quien llegaría a ser, nos aferramos a lo que era importante y dejamos que el resto del mundo se cayese en pedazos pues entendimos que lo bueno permanece y lo superficial se rompe con el menor golpe, aprendimos que estar solos es a veces la mejor compañia, y estar solos juntos es el mayor regalo.
Poco a poco uno logra entender que esos cuentos no se trataban del príncipe y el castillo sino del sentimiento que el amor podría superarlo todo, y aprendí a su lado que el momento perfecto puede ser tan simple como el de beber té amargo con la compañia correcta, porque la compañia endulza todo.