He leído en varias ocasiones la misma idea, el famoso «deja de esperar por una disculpa que jamás vendrá.» Sin embargo, jamás creí sentir en carne viva lo que traía consigo semejante frase.
Lo aprendí a la mala, de la forma mediocre; aprendiendo que para algunos, depecionarte y romper la confianza no es algo por lo que deban disculparse.
Durante más tiempo del que puedo contar he amado a una persona más que a mi propio ser. En más de una ocasión he tenido en claro que daría mi vida por la de esta persona, sin lugar a dudas. Volviendo como prioridad a alguien que me dejaba para lo último, poniendo a amistades falsas y fiestas sin sentido antes de mí, ignorando cuando he necesitado un abrazo, no teniendo el tiempo para mí que yo siempre le he dedicado. Me volví alguien que amaba a una persona para la cual yo era el segundo plato. Era la ayuda, quien daba por sentado estaría ahí a media noche, quien le amaría en su momento más despreciable, quien le perdonaría aún el peor de los insultos, me volví al amarle, lo predescible en su vida, y que por ello, maltrató en más de una ocasión.
Muchos trataron de abrirme los ojos, de hacerme entender que darlo todo por alguien que no da nada te deja con el corazón roto. Mil veces me prometí que esta sería la última vez, pero cada vez que veía su cara, no podía hacer más que perdonar, que tratar de olvidar, de dar todo de nuevo por quien jamás había dicho un «lo siento».
He admirado por mucho tiempo su forma de actuar como si nada ocurriese, he admirado eso aún sabiendo que es su mayor debilidad, porque al menos, yo sé que nadie me ha amado de la forma sin límites en que le he amado, y estoy bien con eso. Al contrario, debe ser horrendo saber que alguien te amó con locura y por tus actitudes has perdido ese amor. Debe ser feo saber que debiste decir en algún punto «lo siento» y guardar tu ego.
Para mí, el punto de quiebre se veía meses atrás. Aún cuando había aceptado todas sus actitudes. Había aceptado que no estaríaen el momento de miedo en que le necesitara, había aceptado su egoísmo, su falta de empatía, su manipulación constante, los chantajes con los que todos vivíamos, había incluso aceptado que jamás me pondría como la prioridad que yo le daba, que siempre sería tan solo a quien acudiría por necesidad, pero jamás pensé que tendría que estar en donde hoy me encontraba… Buscando razones donde me mereciera que me hayan mentido aún al mirarme a los ojos. Intentando entender que había hecho para merecer tan horribles horas al notar la verdad en su mentira, en su frialdad, en su falta de una vez más al menos disculparse.
Me ví entonces entendiendo por fin lo que me decían… «Nunca pienses en dar la vida por alguien que la daría por alguien más, pues sería el desperdicio de dos vidas.»
Entendí que darlo todo por alguien que jamás pensó en hacerte feliz, en darte calma, en darte lo que dabas, era una perdida de tiempo total. Entendí que aunque no debes de esperar por una disculpa para seguir con tu vida, a veces esperarla y no conseguirla es como una nueva vida inicia. Es como te das cuenta a veces, que hasta cierto punto puedes tolerar sus mentiras y hasta cierto otro volverte demente por ellas.
Entendí que hay personas que nunca se disculpan, ya sea por miedo al rechazo, por ego, por frustración. Entendí que a veces debes dar más de una oportunidad, pero que dar mil oportunidades tampoco es sano. Entendí que las personas que no reconocen que te lastiman se hunden a sí mismas, pero que no por eso debes forzarte a perdonar.
Pero más que nada, aprendí que no debes perdonar a quien no se esfuerza por pedirlo. Que no debes sentarte a esperar y que debes sacar a ciertas personas de tu lista de prioridades al no serlo para ellas. Aprendí que no tienes que ser el «mejor y más fuerte» siempre. Aprendí que a veces, amar demasiado puede traer problemas si ese mismo amor no se regresa.
Y aprendí…a disculpar a quien se esforzaba por mi perdón, y no a quien me evadía hasta que lo olvidara.