Mi historia no es muy diferente a las muchas que he leído en internet. Cosa curiosa es que parte de escribir es hacer de lo común algo diferente, algo especial, algo que lleve a los lectores a sufrir con el escritor.
Mi historia no habla de las mil veces que creí que por problemas físicos no podría más. Mi historia es sobre los fantasmas que se esconden los que ninguna medicina puede arreglar. Mi historia es acerca de mí, de la lucha, de la profunda oscuridad de la que no se puede salir cuando todo a tu alrededor grita por tu atención y tu solo puedes tratar de no llorar.
He estado enferma por años de varias enfermedades con nombres extraños, tratamientos caros y ninguna cura. Pasé por las etapas clásicas, la negación, el enojo, la depresión, el desajeno. Pasé por todas y salí ilesa. Porque aunque muchos no estén de acuerdo, aún el peor de los males no se compara con el miedo a dar otro respiro o con la esperanza de no darlo. La palabra «crónica» cuando esta ligada a una enfermedad significa para siempre, significa aceptar que todo va a estar peor y que debes vivir con ello lo mejor que puedas. Me dolió todo ello pero lo superé. Superé la tristeza de saber que nunca volvería a ser igual mi vida, a que tendría que enfrentarme la mitad del tiempo con gente que cree que exagero, a no odiar mi propio cuerpo por no poder moverse. Superé lo que sería algún día perder mi propia vida, y lo hice con una sonrisa.
No fue fácil y no lo hice sola. Una mano estuvo sujetandome cada vez que iba a caer, me sostuvo y me recordó quien era. Me abrazó las noches en las que el dolor, la desesperación y el llanto lo eran todo de mí. Entendió que la mitad de mis enojos no eran por lo que decía sino por la forma en la que deseaba poder tener una opción. Me amó cuando yo no lo hice y me apoyó cuando todos me dijeron que debía «superarlo». Gracias a él, a su profundo amor, su paciencia infiníta y la forma en que me cantaba cuando mi corazón latía desenfrenadamente superé la peor etapa de mi vida, el comienzo del fin.
Sin embargo, a él siempre le preocupó más otra cosa. Como él decía a veces con miedo » puedo calmar tus sintomas , no puedo calmar tu mente»
Para saber a que se refiere podemos hablar de ello. Tengo ansiedad. No el tipo de ansiedad que te da cuando vas a hacer algo, cuando tienes muchos pendientes o cuando las cosas van saliendo mal. Mi ansiedad es más profunda; mi ansiedad es la forma en la que uno vive en pánico la mitad del tiempo y con tristeza la otra mitad. Y él lo sabía.
Para su mala suerte, los peores ataques los tuvo que presenciar, la pérdida de memoria, el llanto, el intentar calmarme, son cosas que él me contó cuando despertaba cada una de esas veces y él estaba a mi lado en lágrimas, pidiéndome que jamás lo vuelva a abandonar así.
Pero no se trata de algo que solo al extremo se puede sentir. Se trata de entrar a un lugar y que las luces sean tenues y tengas miedo de las sombras. Se trata de un restaurante con mucha gente y que sientas como hablan y te miran, se trata de caminar por una avenida y que un carro se detenga y otro ruido suceda y tu corazón no pueda detenerse. Se trata de escuchar un pleito y sentir tus huesos débiles y el llanto pasando por cada vena. Se trata de no poder calmar tu cuerpo porque tu mente no reacciona. Se trata de todo en la vida diaria que te aterra y que nadie nota, se trata de las miles de veces que de repente un ruido, una palabra, una señal, una expresión de enojo pueden ponerte en alerta y arruinar todo tu comportamiento, que pueden hacer que tu mundo se nuble, que el frío llegue a ti de la nada y que todo empiece a moverse sin que puedas decir «aquí me bajo» , es un tren de emociones, sentidos, de miedos, que nadie más que tu conoce o entiende.
Se trata de ser normal sin sentirte bien.
Regresando al punto importante. Él lograba hacerme bien aún cuando todo estaba mal, pero ni todo su poder de paz, ni todos los trucos que llevamos a cabo para momentos en los que estuviera sola, podían prepararme para estos días. Los gritos, los problemas, los incesantes «yo tengo la razón y tú no» , las caras de desprecio, los comentarios sarcásticos llenos de traición, nada podía controlar ni mejorar esos días, ni las pocas horas que pasaba a su lado lograban borrar las negatividades de todo un día.
Ahí todo caía y lo mental desencadenaba una oleada de problemas que hacían brotar todas mis enfermedades. Ahí caía yo y me escondía para no llorar. Ahí estaba yo rezando por estar sola, pidiendo solo estar con él, que era lo que conocía como mi zona de confort. Dos palabras suyas podían darme una paz temporal que apreciaba más que nada.
Pero él no estaba aquí y yo no estaba sola. Estaba rodeada de personas que me lastimaban, que no entendían, que ignoraban que a veces uno no puede voltear al otro lado y olvidar, cosa que he admirado de otra persona a la que siempre he amado. Vaya destreza es escuchar e ignorar, ver el problema y que te pase de largo. Algo que jamás he podido llevar a cabo.
Como deseaba volver a nuestros días en los que solo él y yo importábamos. Donde mis miedos se iban porque en sus brazos no había lugar para más que felicidad.
Pero no, me encuentro en el peor lugar del mundo, en mi propio infierno personal como una niña asustada que se esconde en habitaciones vacías para evitar la realidad, porque de enfrentarla, talvez no saldría de ella. Me hundiría como un barco de piedra y tendría que enfrentar el dolor, de cada una de las formas que bien he conocido.
Para mí, la historia sin final era un cuento interminable de pesadillas que se repetían noche tras noche esperando que él volviera a recordarme porque debía de estar bien, con pequeños brotes de felicidad en compañía de personas que con platicas me distraían de la realidad, a la que tarde o temprano debía volver.
Te hablo de mi historia que bien puede ser la tuya o la de alguien , te hablo de lo que es vivir en las tinieblas aún caminando por el radiante sol. De ver el mundo pasar y no saber para donde va.
De saber que la mayor paz que puedes tener es una persona. Y de sentir odio por no serla.