-Nunca voy a ser como tú- dije en mis adentros mientras caminaba a mi habitación arrastrando los pies. Azoté la puerta esperando un regaño, me acosté en mi cama y en mis adentros solo conseguía poner escenarios en los que huía de mi casa y ella lloraba buscándome. Tal vez nunca me fui en realidad porque sabía que ella no lloraría desesperada en mi búsqueda.
No, mi mamá hubiese esperado que yo regresara sola, lo cual iba a ser el mismo tiempo que hacía al caminar la única plaza que había en nuestra ciudad y sabía que iba a llegar a una casa donde no iba a tener regalo de cumpleaños. “A mí no me amenaces” decía ella todo el tiempo. A veces recuerdo esos días y siento una mezcla de pena y risa al recordar cómo es dramática la vida cuando eres una adolescente que está metida al cien en su papel de pelear con mamá.
Mi mamá tenía 25 años cuando yo nací. Llevaba casada 4 años, tenía un buen trabajo, una casa propia, un carro y una carrera universitaria. Tenía la vida por delante y aún así voluntariamente decidió que lo que quería en ese gran momento de su vida era un bebé que cambiará todas las cosas. De verdad me quería a mi. Yo hoy con 25 años solo puedo responsabilizarme de mi perro. Y hasta a él le doy de comer tarde a veces. No estoy segura de nada. Hace un mes llamé emocionada a mi novio diciéndole que aprendería francés, dos días después me di cuenta que solo quería entender las canciones de Ratatouille y abandone esa idea. Con 25 años hoy sé que no soy aún ni la mitad de impresionante que ella fue.
Y aún así, con sus frescos 25 años puso en orden una vida. Decidió en ese instante que yo aprendería a nadar y a hablar un idioma más. Decidió lo que quería y esperaba de ella y de mi padre a sus 25 años. Cuando nací decidió que yo era su prioridad y trabajó duro por ello.
No, nunca fue una mamá de casa. Recuerdo verla llegar a las 8 pm a mi clase de natación para recogerme, hacerme la cena, leerme una historia y mandarme a dormir. Se levantaba a las 6 del día siguiente para hacer mi desayuno, eso lo hizo todos los días hasta mi primera semana en la universidad. El cómo estaba lista la comida el día siguiente siempre fue mi duda. Yo no sabía que después de horas de trabajo, de hacer nuestra cena y llevarme a dormir, ella cocinaba para el día siguiente y doblaba la ropa limpia.
Yo hoy tardo días en doblar la ropa limpia. Sigo haciendolo dos días antes de que ella venga de visita.
Sigo sin entender cómo es humanamente posible ser mamá y no tener internet que te saque de dudas. ¿Es normal que mi hija adolescente me mire con odio al dejarla en clase todos los días? Eso hubiera googleado yo el primer año. Hubiera creado un foro de discusión al respecto. Pero ella no, con calma, serenidad y paciencia me dejó en la escuela todos los días y me dió un beso. Soportó las miradas de odio durante 6 años y los reclamos diarios. Logró que yo supiera que terminar eso era importante. Y aún así cuando me gradué ella hizo que pareciera que era mi triunfo, cuando ella y yo sabemos bien que fue el suyo, yo me hubiese rendido tan rápido y fue su determinación la que logró la mayoría de mis logros.
Sin embargo aún ahí creía que ella estaba mal.
Pasé días deseando irme de casa para por fin lograr alejarme y tardar dos días en desear volver. Crecer te hace darte cuenta de que ella tenía razón al decirte que cuides la corriente eléctrica, porque sí es más cara y eso cuesta dinero. Te hace darte cuenta que esas vacaciones que peleaste costaron dos colegiaturas. Y te hace darte cuenta lo importante de ser buena persona.
Creo sin dudas que ser mamá es una victoria. Ser mamá es despertar con miedos e irte a dormir con esperanzas. Es creer que todo saldrá bien mientras espías por la puerta para ver con quién salió. Ser mamá es tener una persona con quién pelear por 19 años y tener una amiga a partir del año 20.
Yo pasé la adolescencia deseando diferenciarme y crecí orgullosa de parecerme.
Me parece increíble que 25 años fueran suficientes para que ella despertara todos los días emocionada por mí. Qué me viera un día y se diera cuenta lo que quería que cambiara el mundo y lo que debía de aprender yo. Me parece fascinante que decidió criar una niña preocupada por leer en vez de preocupada por la belleza. Me parece increíble como ella supo que lo que debía inculcarme era responsabilidad desde muy pequeña en vez de hacerme creer que en la vida se podía tener todo de forma fácil. Me resulta hermoso pensar en esa joven mujer a los 25 años que un día imaginó la vida que quería para mi y no descansó un día hasta darme las herramientas para obtenerla. Me resulta el mayor halago saber que ella decidió todos los días por ya 25 años que yo valía el esfuerzo.
Ella pudo serlo todo, pero decidió hace 25 años que quería darme todo para que pudiera yo alcanzar todo y por ende serlo todo.
Ella lleva despertando durante 25 años cada día con el corazón lleno de preocupaciones y relleno de amor.
Sin importarle quien azotó la puerta y le giró los ojos a los 15, pero dándole toda la importancia del mundo a esa llamada a los 22 donde le pregunté cómo hacer arroz.
Porque en cada triunfo está su sonrisa, y en cada fracaso ha estado un abrazo…
Porque ella a los 25 me eligió a mí, y yo hoy la elijo a ella.