10 años más tarde.

Cuando tenía 15 años creía haber encontrado al amor de mi vida. De amor de mi vida tuvo unos meses, mal gusto, poco autoestima, pleitos con terceros y muchas lágrimas, por ello me prometí no llamarle a nadie así hasta que lo valiera.

Y él si lo valía.

Duramos 8 años de estira y afloje donde destacó nuestra felicidad, el apoyo mutuo, las risas y las noches en vela hablando de nuestros sueños, del pasado, del presente, de la vida en general y del espacio. Yo hablaba y él me miraba con una cara de enamorado, esa que ves en las películas, me escuchaba como si tuviera las respuestas a los mayores cuestionamientos de la humanidad y tomaba mi mano con la delicadeza con la que tocas una rosa de cristal. Él hablaba y yo me enamoraba de su alma, su mente y su gran corazón. Cada parte de él conquistó cada pedazo de mi.

Teníamos planes, viajes, perros y sueños. Ahorros y cuentas de banco. Cartas a montones y habíamos dejado el hábito de tomarnos fotos a cada momento porque no teníamos duda de que tendríamos muchos más.

Se ganó a creces ser el amor de mi vida. Él lo sabía. Sabía perfectamente que era para mí muy poco necesario y al mismo tiempo tan indispensable. No era mi corazón pero si la fuerza para latir. Podría no ser mi otra mitad pero era lo que mejor acompañaba mi complejidad.

Decir que planeamos una vida sería decir poco. Planeamos la vida, la muerte y donde encontrarnos en el limbo, planeamos cada brisa que sentiríamos al no tenernos.

Nos amamos de esa forma que solo puede resultar en una vida de felicidad. Luchamos contra corriente y como dos nutrias salimos a flote juntos siempre. Me devolvió la autoconfianza y le dí colores a su vida. Me dió apoyo y le regrese confianza. Nos entregamos todo sabiendo que no necesitaríamos nada más. Amó a cada una de las miles que fui y lo ame por cada pieza que hacía de sí mismo.

Nos empujamos a lograrlo todo para tenernos en el futuro. Agendamos cada beso y quisimos ponerle horario a nuestros sentimientos creyendo que eso era madurar.

Utilizamos una red de seguridad para evitar caernos que nos alejó del impacto y de nosotros mismos.

Queríamos ser tanto que en un momento perdimos todo.

Los días pasaron y el tiempo se volvió nuestro enemigo. Cada vez había menos tiempo, horarios más cansados y menos ganas de hablar. Dimos por hecho que no necesitábamos eso al ser más fuertes que los demás. De repente todos esos chistes, chismes y secretos a la luna se volvieron llantos, pleitos, insultos y días de silencio. En un punto dejamos de notar que llevábamos una semana sin saber más que a qué hora se dormía el otro. Nuestras rutinas tiernas se volvieron solo un compromiso y nuestras bromas un chiste malo.

Un día nos gritabamos y al otro buscábamos remediar con un resistol en barra un cristal roto. Pegaba lo suficiente para que pareciera arreglado pero no para sostenerse por sí mismo. Parecíamos por primera vez mucho más de lo que sentíamos.

Pero nadie quería rendirse. Después de tanto tiempo nos daba mayor dolor aceptar que soñamos de más a aguantar los gritos antes de dormir. Soñamos con lo que nos ayudaría a ser quienes fuimos pero no tuvimos ninguna intención de decirlo. Guardamos bajo llave la clave de nuestro amor y conforme pasó el tiempo olvidamos ese tesoro y solo lo enterramos más hasta perderlo en la arena.

Cada dos días jurabamos cambiar sin tener la más mínima idea de a qué rumbo ir, y aún peor, sin importarnos si llevábamos al otro a lado. Empezamos a caminar juntos y terminamos en islas distintas. Y lo que más dolía era ver en las estrellas lo que había sido y lo que nunca podría ser.

Hicimos cosas que ambos sabíamos imperdonables pero que perdonamos por no querer perdernos. Porque nos volvimos ese juego en el que no queríamos fracasar.

Entonces un día que debimos no hablar dijimos cosas de más, cosas de más que eran tan ciertas que le metieron hielo a los huesos. Y ahí, ese camino tan lleno de minas que con cuidado habíamos atravesado de repente explotó.

Esa cuerda floja se rompió y nos dejó de lados completamente opuestos. Se acabó el nosotros y me volví un yo. Un yo que no había sido en años al haberme puesto como un equipo cuando debí competir individual.

Explotamos y no dejamos a nuestro paso nada que pudiéramos salvar.

Él lo sabe y yo lo sé. Al arruinar ese día ambos sabíamos que significaba acabar con todo lo demás. Al poner nuestro orgullo de frente nuestro amor no solo se quedó atrás sino que se esfumó en una combustión espontánea.

Lloré por lo que tuvimos y se había ido y por quién fui y deje de ser.

Volví a ser una sola persona y se acabó el narrarnos en plural.

Con el dolor latiendo en mi pecho tomé mi bolso y entendí que no había nada para mí en donde antes fue mi hogar; en su corazón no estaba mi lugar ni en mis brazos el suyo.

Podría costarnos años entender que a veces no habrá una próxima vez y que puedes traicionar tus promesas tan solo un número determinado de veces antes de perder la fé y actuar por instinto. Huir es un instinto.

Cerré la puerta de quien sí fue el ganador del título del amor de mi vida y me encontré en un pasillo con placas vacías. Ahí entendí que fue el amor de mi vida mientras vivía ese momento en la vida más no tenía que significar un para siempre.

Encontraría más personas a las que juraría amar más que a nadie y volvería a perderlas, volvería a sentarme en esas escaleras con un dolor por sonreír tanto y tendría más noches miserables por tanto llorar, pero siempre lo recordaría por lo que fue y por quién me volví gracias a él porque a pesar de todo la vida no se trata de títulos sino de momentos donde sientes que la vida no se trata de nada más que de ser feliz.

Deja un comentario