Un helado y nos vamos.

Algunas veces sucede que estamos en mar abierto, disfrutando tanto de la brisa que olvidamos admirar el paisaje, no es intencional, no es egoísmo, simplemente es algo que sucede, y que muchas veces suele quedarse en eso, en nada, solo en unos momentos que hemos perdido, pero habrán más, eso hasta que de pronto una tormenta, una gigante, una que dura días y meses y posiblemente nunca se vaya, una tormenta que ha acabado con los hermosos árboles que daban tanta brisa y que ha alejado a los peces, todo ha cambiado, sin forma de recuperarlo, sin forma de haberlo previsto, simplemente llegó, rompió todo y se fue, aunque en realidad sigue ahí, sigue presente, sigue el dolor, ese que no se irá porque el paisaje que debió haberse disfrutado hasta el último minuto ya no estará más ahí, jamás, se ha ido, y llega ese momento en que nos lamentamos, lamentamos no haber prestado más atención, lamentamos haber creído que esos majestosos arboles siempre estarían ahí, lo lamentamos porque ahora no están, pero no hay nada que podamos hacer, se debe seguir el trayecto, por mucho que parecerá triste y sin sentido mientras el dolor por la pérdida de esos hermosos colores continúa, pero eventualmente, aunque la tormenta no acabe y los arboles no regresen, algo en nosotros aprenderá a visualizar las cosas de forma distinta, llegaremos a acostumbrarnos a ese vacío entre ambas casas, ese que daba sombra y tranquilidad, llegaremos a acostumbrarnos a la tristeza que deja la pérdida de frutos y no se curará, sino que en algún momento se aprenderá a vivir sin ellos.

Algo así sucede cuando perdemos a alguien que amamos.

Duele, y suele doler más de lo que debería, duele como si de repente un cuarto se quedase sin luz y ninguna lámpara podría hacernos recuperar la vista que teníamos, es como despertar y sentir un hueco en medio de tu pecho que solo está ahí para recordarte que algo falta, solo duele, es frío y vacío y darías todo porque se fuese.

Perder a alguien es en extremo doloroso. Es de esos dolores que siempre vemos con terror porque sabemos ninguna palabra puede curar, evitamos el contacto porque sabemos que en el fondo, nos duele saber que jamás entenderemos su pérdida, toda pérdida es diferente, todos enfrentan el dolor a su manera.

Algo increíble que tiene la vida es que es espontanea, es completamente impredecible, aun cuando tratemos de que todo a nuestro alrededor esté en orden y sólido, sin forma de resquebrajarse, un aire puede penetrarlo y destruir todo, sin aviso, sin despedida, sin oportunidad de decir, gracias por todo.

Morir es eso que todos sabemos llegará sin embargo no queremos que le suceda a los que amamos. ¿Tenemos más miedo de morir o de que nuestros seres amados mueran? La interrogante la tuve por años, siempre creí que el mayor miedo que uno puede tener es morir, el triste destino, el fin de la existencia. Sin embargo, hace poco descubrí que hay mucho más de la historia de lo que parece. Para muchos, morir es lo último, es el final, pero para los que amamos, ¿no es morir solo una forma de que nuestros seres amados sufran? ¿Será que el miedo que hemos llevado en nosotros desde niños es por el miedo al dolor que podamos causarle a los demás?

Me inclino a pensar que sí. Y lo creo firmemente al saber que en realidad, no me aterra morir. Simplemente es un pensamiento desagradable pero no me aterra, sin embargo, las consecuencias de mi muerte me hacen caer en un estado de terror del cual no puedo salir, la idea, solo la imagen de mis seres queridos recibiendo la noticia y viendo sus caras destrozadas me parte el alma, una que ya no tendría para ese momento posiblemente, y caí en la cuenta de que no me aterra dejar de existir, no tengo miedo al olvido ni al dolor, tengo miedo a herir a los que he amado tanto. No hay noticia peor que saber que quien más amas ha dado su último aliento, no hay peor pesadilla que la pregunta de que habrá sido su último pensamiento, ¿habrá sentido dolor? ¿Nos habrá recordado? ¿Habrá visto su vida y al final me recordaría con orgullo?

El infierno es quedarse cuando quien amas se ha ido.  Es saber que no habrá otro beso, ningún chiste más, o que esa sonrisa que te costaba descifrar no volverá a aparecer. Es llorar por lo que desearías haber dicho, por las veces que dejaste un abrazo pasar, por recordar un día antes donde todo parecía ir normal, es enojarte con la vida por semejante cambio de planes, es odiar el sentido común de aceptarlo.

Yo aún no puedo aceptar mis pérdidas, no importa si son de hace 10 años o de ayer. No puedo. Mi mente se ha quedado atascada en ese momento en que ese abrazó me lleno de seguridad, o cuando una palmada me hizo entender que orgullo había llegado a ser, o ese beso que me arropó una última linda noche. No puedo aceptarlo sin embargo sé que debo de.

A pesar de eso, dejé de llorar. No lloro más, no lloro a pesar de que parecería ser algo frío de mi parte, no lloro porque al final, por mucho de qué extraño, sé que no se fueron sin saber que de mi parte había amor, amor y decisión, decisión por sacar adelante todos esos planes que hicimos juntos, por llevarlos alto, por cumplir los sueños que ambos anhelamos.

Creo que al final, la muerte nos enseña algo, nos enseña a vivir. La idea de morir nos lástima por tantas razones, y por ellas nos enseña a amar, a dedicarle el tiempo a las personas que queremos para que sepan lo importantes que son para nosotros, a sacrificar mucho por enorgullecer a alguien, saber que a veces no es tiempo lejos si es tiempo bien usado, entender que el mayor orgullo que uno puede dejar es una familia con raíces sólidas, y que a veces se dice más con un silencio que con una queja. Vivir es saber que se va a morir pero disfrutar cada segundo porque puede ser el último.  Vivir es saber que cuando vamos a morir, le duele más a quienes se quedan que a quien se acaba de ir.

He aprendido poco y sin embargo daría todo porque fuese lo único que pudiese aprender, pero no lo será y es parte de la vida saber que llegará el día en que digamos adiós a quienes más amamos, a esos por los que daríamos el corazón.

Pero si una cosa he logrado entender de la terrible sensación que queda al quedarse, es que una consciencia limpia es lo mejor que podemos llevarnos a la tumba. Es saber que no toda compañía es agradable y que está bien el no serlo. Es saber que al final, lo único que podemos hacer para que el dolor sea menos, es haber vivido bien. Y no me refiero a morir, me refiero a despedirnos sin palabras de quienes amamos. Porque bien, no siempre se puede decir adiós, pero una forma de mitigar el dolor es saber que lo último que recordaron de nosotros les da alegría, les da paz. No creo que haya mejor sentimiento que saber que lo hiciste en el mundo tiene buenas repercusiones, saber que formaste personas que cambiarán el mundo, que lo harán brillar, que en su mente te llevarán para que vueles alto.

No hay forma de despedirnos ni de un día a otro dejar de sentir la perdida, no hay claves mágicas, no hay pociones ni hechizos, va a doler, va a doler y mucho, cada vez que escuches esa canción o que pases por cierto lugar estarás en esa encrucijada, en que recuerdo vendrá a ti, ¿será uno feliz o será una lagrima? Se puede decir de todo, pero no sé nada de morir, y no puedes hacer nada, solo aceptar el dolor, honrar la perdida y seguir adelante, pero hay algo que si puedes hacer y es corregir los errores, la muerte llega y si llega y la podemos presenciar no es para mal, es para mejorar, es porque sea lo que sea que debemos hacer en esta vida, aún no ha acabado. Es momento de dar más tiempo a quienes amamos, es momento de amar más, de dejar de creer que mañana podrá arreglarse, es momento de cuidarse también, de saber que hay gente atrás de ti que no puede perderte aún y que necesita que te cuides para cuidarlos, se trata entonces de vivir una oportunidad más, de dejar memorias, de hacer chistes, de recordar a quienes se han ido por lo que nos enseñaron, por lo que querrían que hiciéramos ahora, por la forma en que todos sabemos nos gustaría ser recordados, se trata una vez más de dejar una versión de ti que cuando te vayas deje enseñanzas, deje risas, deje amor y deje personas de bien, personas dispuestas a cambiarlo todo por amor, por recuerdos, por esperanzas.

Al final, la muerte no se trata solo de quienes se han ido y de lo que no dijimos, la muerte también se trata de una oportunidad más para vivir, para hacer lo que no hicimos, para dar todo lo que nos queda, para disfrutar cada atardecer y amar hasta morir.

La muerte se trata de recordar con el corazón a quienes se van, y llevar en la mente todo lo que nos dejaron.

La vida se trata de un último helado juntos, sin importar que uno no este para disfrutarlo, pero si para ser honrado.

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